sábado, septiembre 24, 2016

no estábamos allí / novedad






Allá por 2011, poco después de la publicación de Perros en la playa, me encontré en una presentación con un poeta de mi quinta, un escritor al que admiro no sólo por su obra sino por su nervio crítico, su inteligencia. Le di la enhorabuena por su nuevo libro de poemas, que acababa de ver la luz, él esbozó una sonrisa tímida, como solía, y acto seguido me espetó: «¿Y tú qué? ¿Cuándo sacas algo?». Expliqué algo confusamente que Perros en la playa estaba en la calle y que yo lo veía, casi, como un libro de poesía, que eran cinco años de trabajo y me costaba desprenderme de él. Entonces él amplió su sonrisa y volvió a la carga: «Ya, ya, todo eso está muy bien, ¿pero cuándo vas a sacar un libro de poemas poemas…?». Y extendió los brazos y las manos como abarcando algo de solidez irrefutable, un objeto volante identificado o por lo menos reglamentario. La pregunta quedó colgando en el aire, como si él mismo se hubiera asustado un poco de hacerla. No supe qué responder. En realidad, no recuerdo si llegué a hacerlo. La memoria se detiene ahí, en el instante de la pregunta, convertido de pronto en instante significativo, como esos pasajes de los cuentos de Cortázar que nos obligan a volver atrás y cambiar fatalmente el sentido del relato.

No sé muy bien por qué cuento esto. Más allá del lapsus de mi admirado poeta, esa evidencia algo melancólica de que hasta las mentes más finas y entrenadas pueden caer en las trampas del etiquetado, recuerdo bien la pregunta porque venía a remachar mi propia inquietud al respecto. Era yo mismo el que, por mucho que insistiera en que Perros en la playa era un libro de poesía, sabía que no era un libro de poemas, quiero decir, de poemas poemas, publicado en una colección al uso y presentado con una lectura a juego. Era yo mismo el que, por mucho que insistiera –creo que con razón y con razones– en que todo, prosa y verso, poemas y ensayos y fragmentos y aforismos, formaba parte de un mismo proyecto de escritura, no podía evitar contagiarme de las definiciones –forzosamente limitadoras– de los demás: lo propio de un poeta era y es publicar libros de poemas, quiero decir, de poemas poemas. Y hacerlo de manera regular, cumpliendo con las obligaciones de un imaginario plan quinquenal, y si es posible con premio de por medio, que es algo que viste mucho.

Bueno, ese libro está aquí, por fin. Se titula No estábamos allí y ve la luz en la colección La Cruz del Sur de la Editorial Pre-Textos gracias a la generosidad de sus responsables, Manuel Borrás, Manuel Ramírez y Silvia Pratdesaba. Unos pocos poemas del libro han ido apareciendo ocasionalmente en revistas y páginas web, así como en Nada se pierde. Poemas escogidos, la antología que publiqué el año pasado con las Prensas de la Universidad de Zaragoza, pero sólo ahora aparecen en el marco que he creado para ellos. Y ese marco, por cierto, incluye en cubierta un hermoso y sugerente dibujo a tinta del pintor asturiano Melquiades Álvarez, con quien ya tuve el privilegio de colaborar hace tiempo en su libro Caminos. El resultado es espectacular, al menos a mis ojos. Nunca el aspecto material de un libro ha coincidido tan plenamente con la imagen mental que tenía de él durante su preparación.

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de leer algunos de estos poemas, en privado, a un grupo de escritores amigos. Dije entonces, y lo repito ahora, que el tipo de creatividad que me permitía escribir un libro de poemas cada tres o cuatro años estaba asociada a una forma de vivir la literatura que había terminado por hacerme daño. Era, por decirlo en pocas palabras, una actitud contraproducente, que iba en contra de aquello mismo que se suponía que debía ser la escritura: un aprendizaje moral e intelectual, una forma de hacer mejor –más intensa y plena, más benéfica– la vida. Perros en la playa, como se dieron cuenta los pocos lectores que tuvo, fue el fruto y el testimonio de esa puesta en cuestión. Y este libro, No estábamos allí, es la prolongación de ese mismo impulso, de esa etapa, que viene durando ya unos diez años.

Voy cerrando esta nota egotista, que no tenía otro objetivo que anunciar la publicación del libro pero que ha cobrado, ay, un peligroso aspecto de confesión no pedida. Tengo la sensación de que todo lo que escribo es una misma sustancia verbal, la lengua de hielo de un glaciar que va abriéndose paso muy lentamente, y que sólo el azar de la oportunidad o de ciertas decisiones formales va creando con el tiempo, en algún margen de esa lengua, este o aquel volumen. A mis ojos no hay mayor diferencia entre No estábamos allí y Perros en la playa o un librito de ensayo como Zona de divagar. Las clasificaciones formales o genéricas palidecen en comparación con el peso de las propias obsesiones, de los lastres y piedras imantadas de la imaginación, hasta de los tics verbales.

Eso sí, los poemas de este libro se podrán al menos presentar y leer en público sin disculpas ni aclaraciones previas, lo que no deja de ser un alivio. De momento, me permito disfrutar con el resultado y compartirlo humildemente en esta página. Es tiempo, por breve que sea, de celebración.

8 comentarios:

Indigo Horizonte dijo...

Siempre es tiempo de celebración recorrer el camino que nos hemos trazado para nosotros mismos. Y siempre es tiempo de celebración compartirlo porque, más allá del "egocentrismo", cuando hemos trazado con tiempo y tiento lo que queremos y estamos orgullosos de ello, nos damos, sin etiquetas, al otro, y a nosotros mismos. Y eso no tiene precio. Me alegro infinitamente de que este sea ese libro de "poemas poemas" que querías hacer y que has hecho. Serse esa es la victoria. O eso me parece. Y eso bien vale una confidencia.

Jordi Doce dijo...

Mil gracias por tu lectura cómplice y cercana, Índigo. Diez años son mucho tiempo. Y sólo hace dos o tres años vi claro que había un libro, hecho con lentitud, casi por inercia, por agregación de materiales que tardaban mucho en sedimentar. Lo que siento ahora no es tanto orgullo cuanto satisfacción, tranquilidad. Creo que, mal que bien, el libro tiene una cierta personalidad, algo así como vida propia. Tendrá defectos y limitaciones, pero al menos no he querido forzarlo, forzar la marcha. Un abrazo fuerte J12

Alfredo J Ramos dijo...

Enhorabuena por el parto, Jordi. Si la criatura está en la línea de los textos de PeP, o en la de los monósticos, por poner solo dos recuerdos de lectura feliz, la verdad es que se me importa una higa sí son poemas o meopas (si me permites la expresión). Aunque, eso sí, me temo que habrá que ir a la contra del título y tratar de "estar allí" para comprobarlo. Libre vuelo para el nuevo libro. Sea niño o niña.

Álvaro Valverde dijo...

Muy bien, Jordi. Has dado en el clavo. Se agradece esta reflexión tan iluminadora. Seguimos. Un abrazo.

Jordi Doce dijo...

Mil gracias, Alfredo y Álvaro, amigos. Alfredo, los "Monásticos" conforman (ligeramente revisados) la tercera y última sección del libro. Abrazo fuerte J12

Blanca Ruiz dijo...

Una introducción que,lejos de ser un acto egocéntrico,es un acto de amor.Nunca dejas indiferente a la persona que se asoma a un texto,un poema,un libro tuyo.El último que he leído, es justo el que nombras:Nada se pierde.Te aseguro,no pienso dejar de darme el placer de leer este.Te felicito,me felicito como lectora.

Isabel dijo...

Mi enhorabuena y mejores deseos de su andadura.

Carmen dijo...


Desde que me asomé por primera vez a este rincón no he dejado de aprender y disfrutar con las traducciones que haces de otros poetas (nunca pienso en ellos o los leo sin asociarlos contigo), así como de tus escritos, ya sean artículos o críticas, aforismos o poemas.

En cuanto publicaste esta Novedad fui a la "caza y captura del tesoro". Lo estoy disfrutando mucho.

Gracias